«Oh Zaratustra, estoy cansado, siento náuseas de mis artes, yo no soy grande ¡por qué
fingir! Pero tú sabes bien que - ¡yo he buscado la grandeza!
Yo he querido representar el papel de un gran hombre, y persuadí a muchos de que lo
era: mas esa mentira era superior a mis fuerzas. Contra ella me destrozo:
Oh Zaratustra, todo es mentira en mí; mas que yo estoy destrozado - ¡ese estar yo des-
trozado es auténtico!» -
«Te honra, dijo Zaratustra sombrío, bajando y desviando la mirada, te honra, pero tam-
bién te traiciona, el haber buscado la grandeza. Tú no eres grande.
Viejo mago perverso, lo mejor y más honesto que tú tienes, lo que yo honro en ti, es es-
to, el que te hayas cansado de ti mismo y hayas dicho: "yo no soy grande".
En esto yo te honro como a un penitente del espíritu: y si bien sólo fue por un momen-
to, en ese único instante has sido - auténtico.
Mas dime, ¿qué buscas tú aquí en mis bosques y entre mis rocas? Y cuando te colocaste
en mi camino, ¿qué prueba querías de mí? -
- ¿en qué querías tentarme a mí?» -
Así habló Zaratustra, y sus ojos centelleaban. El viejo mago calló un momento, luego
dijo: «¿Te he tentado yo a ti? Yo - busco únicamente474.
Oh Zaratustra, yo busco a uno que sea auténtico, justo, simple, sin equívocos, un hom-
bre de toda honestidad, un vaso de sabiduría, un santo del conocimiento, ¡un gran hom-
bre!
¿No lo sabes acaso, oh Zaratustra? Yo busco a Zaratustra. »

- Y en este instante se hizo un prolongado silencio entre ambos; Zaratustra se abismó
profundamente dentro de sí mismo, tanto que cerró los ojos. Mas luego, retornando a su
interlocutor, tomó la mano del mago y dijo, lleno de gentileza y de malicia:
«¡Bien! Por ahí sube el camino, allí está la caverna de Zaratustra. En ella te es lícito
buscar a aquel que tú desearías encontrar. Y pide consejo a mis animales, a mi águila y a
mi serpiente: ellos te ayudarán a buscar. Pero mi caverna es grande.
Yo mismo, ciertamente, - no he visto aún ningún gran hombre. Para lo que es grande el
ojo de los más delicados es hoy grosero. Éste es el reino de la plebe.
A más de uno he encontrado ya que se estiraba y se hinchaba, y el pueblo gritaba: "¡Mi-
rad, un gran hombre!" ¡Mas de qué sirven todos los fuelles del mundo! Al final lo que
sale es viento.
Al final revienta la rana475 que se había hinchado durante demasiado tiempo: y lo que
sale es viento. Pinchar el vientre de un hinchado es lo que yo llamo un buen entreteni-
miento. ¡Escuchad esto, muchachos!
El día de hoy es de la plebe: ¡quién sabe ya qué es grande y qué es pequeño! ¡Quién
buscaría con fortuna la grandeza! Un necio únicamente: los necios son afortunados.
¿Tú buscas grandes hombres, tú extraño necio? ¿Quién te ha enseñado eso? ¿Es hoy
tiempo de eso? Oh tú, perverso buscador, ¿por qué - me tientas?» - -

Así habló Zaratustra, con el corazón consolado, y siguió a pie su camino riendo.
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Otro título anotado por Nietzsche para este apartado era El penitente del espíritu.
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El largo «lamento» del mago que viene a continuación fue compuesto por Nietzsche en el otoño de
1884 y llevaba entonces el título de El poeta. - El tormento del creador. En otra copia manus crita le puso
estos dos títulos: De la séptima soledad, luego borrado, y El pensamiento. De hecho este poema no se
hallaba destinado originalmente a Así habló Zaratustra, pero Nietzsche lo insertó en él al componer la
cuarta parte. De la importancia que este poema tenía para Nietzsche da idea el hecho de que más tarde lo
incorporase a los Ditirambos de Dioniso, bajo el título de Lamento de Ariadna. Allí lleva al final una «res-
puesta» de Dioniso, quien, tras un rayo, «se hace visible con una belleza de esmeralda». La citada respuesta
dice así:

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