Hay que aprender a amarse a sí mismo - así enseño yo - con un amor saludable y sano:
a soportar estar consigo mismo y a no andar vagabundeando de un sitio para otro.
Semejante vagabundeo se bautiza a sí mismo con el nombre de «amor al prójimo»: con
esta expresión se han dicho hasta ahora las mayores mentiras y se han cometido las ma-
yores hipocresías, y en especial lo han hecho quienes caían pesados a todo el mundo.
Y en verdad, no es un mandamiento para hoy y para mañana el de aprender a amarse a
sí mismo. Antes bien, de todas las artes es ésta la más delicada, la más sagaz, la última y
la más paciente:
A quien tiene algo, en efecto, todo lo que él tiene suele estarle bien oculto; y de todos
los tesoros es el propio el último que se desentierra, - así lo procura el espíritu de la pesa-
dez.
Ya casi en la cuna se nos dota de palabras y de valores pesados: «bueno» y «malvado» -
así se llama esa dote. Y en razón de ella se nos perdona que vivamos.
Y dejamos que los niños pequeños vengan a nosotros356 para impedirles a tiempo que
se amen a sí mismos: así lo procura el espíritu de la pesadez
Y nosotros - ¡nosotros llevamos fielmente cargada la dote que nos dan, sobre duros
hombros y por ásperas montañas! Y si sudamos, se nos dice: «¡Sí, la vida es una carga
pesada!»
¡Pero sólo el hombre es para sí mismo una carga pesada! Y esto porque lleva cargadas
sobre sus hombros demasiadas cosas ajenas. Semejante al camello, se arrodilla y se deja
cargar bien357.
Sobre todo el hombre fuerte, de carga, en el que habita la veneración: demasiadas pesa-
das palabras ajenas y demasiados pesados valores ajenos carga sobre sí, - ¡entonces la
vida le parece un desierto!
¡Y en verdad! ¡También algunas cosas propias son una carga pesada! ¡Y muchas de las
cosas que residen en el interior del hombre son semejantes a la ostra, es decir, nausea-
bundas y viscosas y difíciles de agarrar -,
- de tal modo que tiene que intervenir en su favor una concha noble, con nobles ador-
nos. Y también hay que aprender este arte: ¡el de tener una concha, y una hermosa apa-
riencia, y una inteligente ceguera!
Una y otra vez nos engañamos acerca de algunas cosas humanas por el hecho de que
más de una concha es mezquina y triste y demasiado concha. Mucha bondad y mucha
fuerza ocultas no las adivinaremos jamás; ¡los más exquisitos bocados no encuentran
quien los sepa saborear!
Las mujeres saben esto, las más exquisitas: un poco más gruesas, un poco más delgadas
- ¡oh, cuánto destino depende de tan poca cosa!
El hombre es difícil de descubrir, y descubrirse uno a sí mismo es lo más difícil de to-
do; a menudo el espíritu miente a propósito del alma. Así lo procura el espíritu de la pe-
sadez.
Mas a sí mismo se ha descubierto quien dice: éste es mi bien y éste es mi mal: con ello
ha hecho callar al topo y enano que dice: «bueno para todos, malvado para todos».
En verdad, tampoco me agradan aquellos para quienes cualquier cosa es buena e inclu-
so este mundo es el mejor358. A éstos los llamo los omnicontentos.
Omnicontentamiento que sabe sacarle gusto a todo: ¡no es éste el mejor gusto! Yo hon-
ro las lenguas y los estómagos rebeldes y selectivos, que aprendieron a decir «yo» y «sí»
y «no».
Pero masticar y digerir todo - ¡ésa es realmente cosa propia de cerdos! Decir siempre sí
- ¡esto lo ha aprendido únicamente el asno359 y quien tiene su mismo espíritu! -
El amarillo intenso y el rojo ardiente: eso es lo que mi gusto quiere, - él mezcla sangre
con todos los colores. Mas quien blanquea su casa me delata un alma blanqueada360.

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