ha estado en asociarte al perro muerto; al humillarte de ese modo te has salvado a ti mis-
mo por hoy. Pero vete lejos de esta ciudad - o mañana saltaré por encima de ti, un vivo
por encima de un muerto.» Y cuando hubo dicho esto, el hombre desapareció; pero Za-
ratustra continuó caminando por las oscuras callejas.
A la puerta de la ciudad encontró a los sepultureros: éstos iluminaron el rostro de Zara-
tustra con la antorcha, lo reconocieron y comenzaron a burlarse de él. «Zaratustra se lleva
al perro muerto: ¡bravo, Zaratustra se ha hecho sepulturero! Nuestras manos son dema-
siado limpias para ese asado. ¿Es que Zaratustra quiere acaso robarle al diablo su boca-
do? ¡Vaya! ¡Suerte, y que aproveche! ¡A no ser que el diablo sea mejor ladrón que Zara-
tustra! - ¡y robe a los dos, y a los dos se los trague!» Y se reían entre sí, cuchicheando.
Zaratustra no dijo ni una palabra y siguió su camino. Pero cuando llevaba andando ya
dos horas, al borde de bosques y de ciénagas, había oído demasiado el hambriento aullido
de los lobos, y el hambre se apoderó también de él. Por ello se detuvo junto a una casa
solitaria dentro de la cual ardía una luz.
El hambre me asalta, dijo Zaratustra, como un ladrón. En medio de bosques y de ciéna-
gas me asalta mi hambre, y en plena noche.
Extraños caprichos tiene mi hambre. A menudo no me viene sino después de la comida,
y hoy no me vino en todo el día: ¿dónde se entretuvo, pues?
Y mientras decía esto, Zaratustra llamó a la puerta de la casa. Un hombre viejo apare-
ció; traía la luz y preguntó: «¿Quién viene a mí y a mi mal dormir?»
«Un vivo y un muerto, dijo Zaratustra. Dame de comer y de beber, he olvidado hacerlo
durante el día. Quien da de comer al hambriento reconforta su propia alma: así habla la
sabiduría»30.
El viejo se fue y al poco volvió y ofreció a Zaratustra pan y vino. «Mal sitio es éste para
hambrientos, dijo. Por eso habito yo aquí. Animales y hombres acuden a mí, el eremita.
Mas da de comer y de beber también a tu compañero, él está más cansado que tú.» Zara-
tustra respondió: «Mi compañero está muerto, difícilmente le persuadiré a que coma y
beba.» «Eso a mí no me importa, dijo el viejo con hosquedad; quien llama a mi casa tiene
que tomar también lo que le ofrezco. ¡Comed y que os vaya bien!» -
A continuación Zaratustra volvió a caminar durante dos horas, confiando en el camino
y en la luz de las estrellas: pues estaba habituado a andar por la noche y le gustaba mirar
a la cara a todas las cosas que duermen31. Mas cuando la mañana comenzó a despuntar,
Zaratustra se encontró en lo profundo del bosque, y ningún camino se abría ya ante él.
Entonces colocó al muerto en un árbol hueco, a la altura de su cabeza - pues quería prote-
gerlo de los lobos - y se acostó en el suelo de musgo. Enseguida se durmió, cansado el
cuerpo, pero inmóvil el alma.
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La pareja verbal «los buenos y justos», que aquí aparece por primera vez, se repetirá numerosísimas
veces en toda esta obra. Probablemente es imitación de otra pareja verbal, «los hipócritas y fariseos», que
también aparece con mucha frecuencia en los Evangelios, y tiene el mismo significado que ella. Véase, por
ejemplo, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas: «¡Oh hermanos míos! ¿En quién reside el mayor
peligro para todo futuro de los hombres? ¿No es en los buenos y justos, que dicen y sienten en su corazón:
"nosotros sabemos ya lo que es bueno y justo, y hasta lo tenemos"».
30
Cita del Salmo 146, 5-7: «Bienaventurado aquel... que da de comer a los hambrientos.»
31
Sobre esta costumbre de Zaratustra de «mirar a la cara a todas las cosas que duermen» véase también,
en esta misma parte, Del amigo; y en la cuarta parte, La sombra.

9

Largo tiempo durmió Zaratustra, y no sólo la aurora pasó sobre su rostro, sino también
la mañana entera. Mas por fin sus ojos se abrieron: asombrado miró Zaratustra el bosque
y el silencio, asombrado miró dentro de sí. Entonces se levantó con rapidez, como un

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